jueves 12 de abril de 2007

Algunas palabras sobre lo trascendente



Me parece prudente, en estos tiempos donde la gente se mueve entre un individualismo nihilista y desorientado por un lado, y un fundamentalismo ideológico y religioso, hablar un poco a propósito de la noción de lo trascendente y el lugar del individuo. Este es el primer post de algunas cosas que tendré que decir al respecto.

Desde el bando del nihilismo, la noción de lo trascendente se presenta como un juego de palabras, como una quimera. Desde el fundamentalismo, la noción de lo trascendente es abusada y, hasta cierto punto, reducida a una cosa tematizada y perfectamente asumida. Yo creo, por mi parte, que existe una tercera alternativa para pensar lo trascendente.


Un lugar privilegiado desde el que es posible vivenciar la trascendencia es la interioridad, mirando hacia nuestras obras. Nada de lo que decimos o hacemos es exactamente lo que quisimos decir o hacer. Esto a veces pasa por inadvertido, en particular cuando las cosas nos salen como queremos. Confundimos los resultados deseados con lo que en efecto queríamos decir o hacer y sin más ni más, nos damos por satisfechos. La disconformidad entre lo que queremos y lo que en efecto hacemos se hace patente cuando las cosas no salen como uno quiere. ¿Cuántas veces se encuentra uno diciendo ‘eso no fue lo que yo quise decir’ o ‘no me expliqué bien’ o, peor, ‘no me entendiste’?
Lo que se nos revela en esta experiencia de inconformidad es, a mi juicio, la experiencia de lo trascendente. Es la experiencia de que ‘hay algo más’, de que ‘las palabras no bastan’. La experiencia de lo trascendente es en efecto el descubrimiento que ninguna descripción de lo que nosotros somos, no importa cuán minuciosa y psicoanalíticamente aguda sea, logra abarcar, explicar por completo lo que nosotros somos.

Desde la interioridad, pero ahora mirando al mundo, también se tiene una buena vista de lo trascendente. Pensemos por ejemplo en la adolescencia, no tanto como un momento del hombre, sino como cierta disposición del espíritu. Cuando se es adolescente, reina la sensación de que uno no encaja, de que uno no cuadra en ningún lado. Desde afuera; esto es, desde el mundo mirando hacia el adolescente, pareciera que ahí hay un alma formándose y buscando su lugar en el mundo. Pero la verdad del adolescente, su secreto y su verdad, es que tomar un lugar en el mundo representa un supremo acto de violencia contra su interioridad. Nuestro adolescente bien podría aceptar ser un contador, pero no sólo contador. El bien podría ser un medico de religión judía que se casa con una buena niña judía y demás hierbas, pero no sólo eso. El no termina de encajar del todo porque hay algo dentro de él, digamos que hay una experiencia de sí mismo que no se ve englobada en una o cualquier conjunción de estas casillas que son los lugares que se supone debe él tomar en este mundo. Ese problema que los psicoanalistas llaman ‘el eterno púber’, esa condición problemática de aquel que cree que ‘todo es posible’, bien podría ser un momento grandioso del espíritu; la defensa de su más íntima interioridad frente a los lugares dados del mundo.